Esta mañana recibí el primer regalo de esta ciudad en su cumpleaños. Esperaba el bus de transporte masivo en la estación, me encontraba de primeras para subir, pero como era de esperarse, el bus venía lleno y algunas personas debían descender allí, y, como era de esperarse, no alcanzaron a descender cuando otros tantos detrás mío ya se abalanzaban por mis lados, sin éxito, queriendo entrar al bus, sin embargo, entre esa mini-multitud enfrentada de salvajes había un hombre, de cara ovalada con gafas, cabello corto y negro, peinado por la mitad y con un cierto aire japonés incluso en estatura, pero con inevitables rasgos Colombianos, quien arrastrado por la masa hacia dentro del bus se detuvo y me dijo "siga". El hombre era consciente del hecho de que al yo estar de primeras se me atribuía una situación de ventaja, un hecho tácito, y en cierta forma interpretó el orden correcto para subir al bus, así entonces, proseguí a subir mientras otros tantos, entre empujones, gritos y demás, lo intentaban hacer como fuera, cabe aclarar que varios lo lograron a fin de cuentas, pero no me importó, porque HOY ese hombre, que casi se queda por fuera del bus, me salvó el día, y sin saber quién es y aunque sus ropas de carácter humilde no definan la realidad de aquel tipo, me queda gran satisfacción de pensar que por lo menos hoy, en este cumpleaños capitalino, una persona controló su instinto animal, es decir, pensó y trascendió, por lo menos, entre una gran mayoría de salvajes, con trajes más elegantes y menos elegantes reunidos en su jungla.
Esta es la capital del día a día, carente de esta clase de regalos que sin embargo, hoy esta de fiesta, aunque muchos no lo merezcamos.
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