LA JOVEN DESMAYADA
Eran las 6:15 de la tarde, ese día me encontraba solicitando una cita médica, la primera que pedía en dos años de afiliación a la entidad de salud y para la cual, muy seguramente, soy una cédula con un signo pesos asociado, pero eso será otro tema. Hacia las 6:35 salí de allí y me dirigí a la estación de la Calle 45 para tomar el bus, en vista de que una llovizna amenazaba con convertirse en un aguacero, decidí devolverme algunas estaciones para tomar un bus expreso que me llevara a casa. Una vez llegué a la estación Flores, me ubique detrás del montón de gente que esperaba el mismo bus que yo, según comentarios, parecía que el servicio estaba tardando mucho. No duré 5 minutos en la fila cuando observé que en la puerta consecutiva a la mía en donde esperaba subir al bus, una señorita joven, de tez blanca y con el pelo tinturado de rubio, yacía desmayada, tirada en el piso de la estación, vestía pantalón y zapatos tipo botas negros, llevaba puesta una blusa blanca con rayas negras y un saco de lana negro abotonado, recibía ayuda de un amigo y de una persona al parecer con conocimientos de brigadista. Mientras la señorita permanecía impertérrita, con una respiración agitada, aparecieron dos sujetos, uno de corbata con una mirada, a primera vista, confiable, quien manifestó que deberían subirle los pies para mejorar la circulación y quien acto seguido ejecutó sus palabras sugiriéndole al amigo de la señorita que la llamara por su nombre, que le hablara y le diera tranquilidad repitiéndole constantemente que abriera los ojos. Al mismo tiempo, el otro sujeto, de traje también, de unos 40 años de edad, con cabello corto, robusto y de estatura media, con una mirada que causa desconfianza a primera vista, llamó mi atención. Se acercó un poco para mirar a la señorita tendida en el suelo, luego se alejó un poco sin quitar sus ojos de ella, posteriormente se volvió a acercar, pero esta vez se dirigió al policía que se encontraba en la escena y le dijo en un tono de voz muy bajo: "yo la conozco", el policía, apurado en conseguir una ambulancia y en apartar a los curiosos para darle oxígeno a la muchacha, le respondió que ella estaba con un amigo, a lo que la cara del sujeto aquél, respondió con sorpresa, y así como apareció de alguna dirección, desapareció también entre el río de gente que se desplazaba por la estación. La duda sobre este sujeto, si era un ladrón, un abusador o un psicópata, quedará abierta, lo que es innegable es que no conocía a aquella joven.
Luego de unos 10 minutos llegó una ambulancia a la estación, la cual aparcó justo en donde el bus, que seguía retrasado, debía parar. Una paramédico descendió de la ambulancia para verificar los signos vitales de la señorita y en ese momento el tan esperado bus se acercaba a la estación, era obvio que no podría parar en ese vagón porque estaba la ambulancia y era obvio que no pararía en ningún otro porque no debía obstaculizar el tráfico de los otros buses, sin embargo, la turba no lo entendió y empezó a gritar a la policía y a la paramédico diciéndoles que se llevaran a la joven: “quítenla de ahí”, “ese bus nunca pasa y ahora nos toca esperar otra media hora”, “sirvan para algo”; y luego de insultos, amenazas de bloqueo y algunos empujones, la ambulancia arrancó con la señorita abordo aún desmayada en la camilla.
Tal sería mi sorpresa al pensar que la muchedumbre prefería su regreso inmediato a casa que la vida de una persona aparentemente desmayada, sin embargo ninguno de los presentes podía certificar que no fuera algo más grave. Solo una humilde persona junto con otra más acomodada auxiliaron a la muchacha ante el silencio del amigo asustado y ante la ausencia de un médico 'inexistente' entre la masa de gente. El derecho a la vida, inviolable como lo cita el artículo 11 de la Constitución Política de Colombia, fue desconocido para aquella multitud que a duras penas llega al segundo estadio de Kohlberg, el individualismo, y el cual, seguramente, nunca van a superar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario